me hace mucha gracia que me mires por encima después de que fui yo la que te dio esta oportunidad, al fin y al cabo no te conocía ni el apuntador y ni tú creías poder conseguirlo, pero claro ahora todo te va de maravilla y ya no me conoces, pero tranquila que ya me hago yo cargo y no te vuelvo a molestar porque no es la primera vez que me pasa esto, no, ni mucho menos, si esto me lo conozco yo mejor que cocer pan, hombre ¿te crees que eres la primera que me pega una puñalá? pues no bonita, que tengo yo la espalda llena de cicatrices y a prueba de malas como tú, porque esto que me has hecho es de ser mala, mala, mala, que tú de tonta no tienes un pelo...no me vengas con que no me reconociste con las mechas y por eso ni un hola en la gala, ay bonita pero mira yo la mar de contenta que me lo comí todo, que aún tengo yo amigos importantes, pero de verdad, no como tú que de ay qué haría yo sin mi Cintia me vienes con un no me llames tanto que me agobias, ja, agobio el mío que no paran de llamarme para darme premios y más premios que no sé ni como darle las gracias a la cantidad de fans que me acosan, sí Cintia, los vuelvo locos, no como tú que vaya pérfil cutre de facebook que te me has hecho, es que eres tonta del culo todo el día dale que te dale con los selfies, y encima te crees muy culta, ay qué pena de verdad, qué pena...pues sí eso me das mucha pena porque al final vas a venir suplicando que te vuelva a agregar como amiga, que te retwitee y ahí voy a ponerme yo firme y con el corazón en la mano te voy a decir: lo siento bonita pero aunque me suena tu cara de haberla visto en algún programa hortera voy a una entrega de premios, cualquier cosa me envías un mail y te quedas esperando a que me salga del coño responderte algún día, eso sí, sin rencor, con mucha dignidad y respeto porque te juro hija de puta que no te tengo manía
lunes, 22 de junio de 2015
LAS HUELLAS DE MARTA
Puede suceder que Marta agarre su pincel y rompa el blanco frente a su cara para luego atravesar su propio paisaje pintado. Puede suceder que dentro de su cuadro Marta dibuje en la arena sus huellas hacia la playa. Una playa donde Marta camina hacia el agua salvaje que ella misma pintó hace mucho tiempo. Quizás cuando Marta se hunda en su océano vea sobre el suelo marino las huellas de otra niña volviendo a la superficie para salir de esa playa, y caminando por la arena regresar al pincel. Y puede suceder que todo ello pase cada día una y otra vez.
lunes, 26 de mayo de 2014
CARLA EN LA TORMENTA
Se acerca la tormenta. Carla se despierta al oír el cielo tronar como si se partiera en dos. La lluvia golpea su ventana y Carla aprieta las sábanas. Desde pequeña ha vivido las tormentas aterrada, o bien escondida debajo de su cama o abrazada en la cama de sus padres. Hoy un rayo ilumina la habitación y Carla tiembla con todo su cuerpo de 32 años y se tira bajo la cama. Se tapa los oídos con cada trueno pero no es suficiente, los oye acercarse hacia su ático. Tensa el cuerpo, pero el tembleque continúa. Mierda Carla, tienes 32 años, ¿te parece normal ponerse así por una maldita tormenta? No es la tormenta, es que desde que Nico se marchó estoy muy vulnerable. Lo que quieras, pero deja de temblar, contrólate maldita sea. Carla intenta anular su miedo, pero se le cuela entre las articulaciones y las hace bailar a su propio ritmo. Si Nico estuviera aquí me abrazaría, se reiría de mí y yo no me avergonzaría tanto por parecer una cría. Patética, desde que se fue he vuelto a mi versión más patética. No, basta Carla, no te engañes. Con él aquí también te asustaba la tormenta, pero lo disimulabas acurrucándote en las sábanas como si fuera frío. Un rayo ilumina la habitación y un gemido irrumpe en su garganta. El gemido se hace grave y entrecortado por los temblores. Carla intenta controlarse, pero otro rayo echa a perder sus intentos. La rabia y la impotencia suben desde su estómago y suelta un alarido tan profundo que tapa la tormenta, al menos en sus oídos. De su garganta empiezan a salir gritos que golpean las ventanas. Carla siente que su cuerpo tiembla menos, así que sigue gritando como loca. Sale de debajo de la cama y le grita a los cristales que la separan del patio. ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! El llanto amenaza su garganta, pero Carla lo frena con un alarido aún más potente. Abre las ventanas y sale al patio. Ahora sus gritos se escapan al cielo y golpean los truenos. La tormenta cae atronadora sobre el ático. La fuerte lluvia agua las macetas y deja un río de barro alrededor de las hamacas. Carla guarda un momento de silencio, ¿cómo he llegado hasta aquí? Empapada mira, casi en hipnosis, el cielo encenderse con cada rayo. Los truenos retumban en su estómago haciéndola vibrar. Sin que pueda controlarlo sus brazos se abren y la tormenta entra en su pecho desgarrando sus temores.
domingo, 11 de mayo de 2014
NIÑA DE COLOR
No te me despistes niña de color
que el sol es grande y tiene tu porción.
Alza tu mirada para ver de frente
el agua que mana y bebe de la fuente.
Moja tu cintura, dormita en la roca,
deja que el aire entre tu por tu boca.
Recuerda que el cielo se abre para ti,
colorea tu aliento y déjalo salir.
Camina en silencio cuando te levantes,
pase lo que pase sigue hacia delante.
Y pintó orgullosa colores en su falda.
GAIA EN SU CALMA
Presiente la presencia de la bestia antes de olerla, pero no quiere aceptar que dormita con ella. Poco a poco el olor va llenando su espacio y Gaia se siente invadida por su brutalidad. Gaia respira su putricidez mientras se mantiene totalmente quieta. Las ganas de huir tensan su estómago y le palpitan las sienes. Aprieta sus ojos para parar el torrente de imágenes sangrientas que su imaginación desbocada crea. Le duele la cabeza, pero sabe que a fuerza de apretar podrá convertir su mente en su estómago, tenso y duro, pero vacío. Un calor enorme sube desde sus pies hasta su cabeza, pero no se mueve. Poco a poco va pausando su respiración. Todo su cuerpo en tensión comienza a relajarse. Oye bufar a la bestia y su cuerpo vuelve a ser un muelle de alambre listo para saltar. No, Gaia, quieta, tranquila, calma. De nuevo su respiración pausada la serena. Un instante después se queda dormida. Cuando despierta el sol de la mañana la llena como una exhalación.
lunes, 24 de marzo de 2014
MADRE ROSA
Lo último que Irene quiere es entrar en la iglesia. Paco es una enamorado del arte románico, pero Irene sólo puede ver la iglesia a la que iba con las monjas. Estudió toda su vida con ellas y eso le ha dejado una alergia hacia todo lo eclesiástico.
-Venga mujer, sólo por acompañarme a mí, además es una verdadera joya arquitectónica.
Entra dentro por Paco, pero a ella la maldita joya arquitectónica solo le trae malos recuerdos. Todo sigue igual, las mismas vidrieras, las mismas imágenes, el mismo olor... Se sienta en un banco y espera a que Paco satisfaga toda su curiosidad. Mientras está sentada un recuerdo viene a su memoria. Se ve a sí misma, sentada en aquel banco, pero años atrás, el día de su comunión. Su madre le compró un traje rosa claro y cuando al llegar vio que todas las niñas iban de blanco sintió muchísima vergüenza. Su catequista y maestra de religión, la madre Rosa, le dirigió una mirada reprobatoria e Irene supo que había vuelto a equivocarse. Lo peor llegó cuando tomó la hostia consagrada por primera vez y no sintió nada especial. Ahí supo que había algo terriblemente malo dentro de ella, pero lo disimuló como pudo. La única que siempre parecía ver en ella aquel agujero oscuro era la madre Rosa. Al acabar la comunión abrazó a cada niña, pero a Irene la despidió con una bajada de cabeza que más que adiós parecía decir " no tienes remedio Irene, lo tuyo ni Dios lo perdona". Ahora sentada en aquel banco Irene intenta sonreír al recordar sus sentimientos de culpa infantiles, sin embargo, tiene un nudo en el estómago. Se levanta y busca a Paco. Lo ve al fondo de la nave. Haciendo un gran esfuerzo Irene decide dejarlo disfrutar y pasea hasta el sagrario. Al llegar ve que todo sigue igual, igual que el día que quebró su vida. Irene tenía 15 años y el chico 17. Se llamaba Pedro e iba a un colegio de Jesuitas en la misma calle. Se habían visto varias veces a la salida del colegio y habían hablado otras tantas. La razón por la que terminaron metidos en la iglesia y apoyados en el sagrario dándose el lote sólo el subconsciente de Irene lo sabe. Después de tantos años tragando culpa e intentando ser perdonada, quizás decidió cambiar de estrategia. Si hago todo lo que me piden y aún así me dan por perdida pues que vean cuan perdida estoy. Esto por supuesto lo analiza ahora, en aquel momento ni siquiera se dio cuenta cómo acabaron allí. Sí recuerda pensar mientras besaba a aquel chico, "esto es maravilloso, seguro que es un pecado muy grande". El grito de la madre Rosa al verlos en plena faena los sacó de su entusiasmo. Pedro asustado salió zumbando como si con él no fuera aquello e Irene se quedó para escuchar que iría directa al infierno porque no había otro castigo para lo que había hecho. Mientras la madre Rosa la insultaba y la golpeaba las lágrimas comenzaron a brotarle y el miedo a las consecuencias apareció como una piedra en su estómago. Fue expulsada del colegio después de ser puesta en evidencia delante de todas las alumnas. Sus padres se sintieron tan avergonzados que a partir de aquel momento su afecto se convirtió en rechazo y en miradas de reprobación. Hasta Pedro, coautor del pecado, le retiró la palabra y cuando se encontraban por la calle cambiaba de acera. Aquel pensamiento de su niñez de que había algo terriblemente malo dentro de ella volvió a formar parte de su mundo, llenando sus días de una soledad merecida como penitencia. Día tras día se preguntaba a sí misma el porqué. Por qué tenía que ser diferente a los demás. Al cumplir los veinte años cansada de culpas y de mendigar afecto se fue de casa. Con los años y lejos de allí pudo recuperar su propia estima y construir su propia vida. La misma vida que hoy la trae de vuelta.
-Irene cariño, esta monja dice que te conoce.
De pie delante de ella, como si el tiempo no hubiera pasado, como si cincuenta años no fueran nada, se encuentra la madre Rosa. Está muy mayor, pero es imposible no reconocerla. Su mirada sigue igual de dura y fría.
-Hay que tener muy poca vergüenza para volver a entrar en este sitio sagrado despúés de lo que hiciste Irene. Hay ofensas que no se olvidan nunca, que se deben recordar y que serán juzgadas en su momento. Cristo no perdonará nunca tu falta de decencia.
Irene no da crédito a las palabras de la monja. Después de cincuenta años aquella mujer la sigue juzgando y la lleva al mismo agujero oscuro del que salió hace tanto. Antes de que pueda replicar, Paco, que conoce toda la historia y que con casi setenta años ya no se calla una, comienza a discutir con la madre Rosa.
-¿Cómo se atreve a hablarle así a mi mujer? ¿Quién se cree usted para juzgar a nadie? Ese Cristo del que habla se avergonzaría de sus palabras...
Paco continúa recriminándole a la monja, mientras Irene siente toda la rabia e impotencia que sintió de adolescente. No puede hablar, está demasiado sorprendida por lo que está pasando. De pronto Irene mira detenidamente a la madre Rosa, la mira estupefacta y comienza a llorar. Llora desconsoladamente y se hace el silencio. Irene coje a Paco del brazo y lo obliga a salir de la iglesia. Una vez fuera sigue llorando en sus brazos.
-¿Cómo se atreve a hablarle así a mi mujer? ¿Quién se cree usted para juzgar a nadie? Ese Cristo del que habla se avergonzaría de sus palabras...
Paco continúa recriminándole a la monja, mientras Irene siente toda la rabia e impotencia que sintió de adolescente. No puede hablar, está demasiado sorprendida por lo que está pasando. De pronto Irene mira detenidamente a la madre Rosa, la mira estupefacta y comienza a llorar. Llora desconsoladamente y se hace el silencio. Irene coje a Paco del brazo y lo obliga a salir de la iglesia. Una vez fuera sigue llorando en sus brazos.
- No sé porqué me has sacado de ahí dentro, esa mujer se merece que le digan unas cuentas verdades Irene, no puede seguir tratándote así. No llores más que no se lo merece.
Entre mocos y balbuceos Irene se separa de Paco y respira profundamente.
- No Paco, no le digas nada, por favor. Ya está. No lo entiendes, no lloro por mí, lloro por ella. No sé como no me di cuenta antes cariño, yo era tan joven. Esa mujer, pobrecita, mira que cosas tan horribles piensa. Nunca me había dado cuenta, qué soledad tan tremenda, qué pena, pobre mujer, pobre madre Rosa.
domingo, 2 de febrero de 2014
LOS CLONES DE PATROCLO
Patroclo se ha clonado tantas veces que se siente perdido entre sus siete cuerpos idénticos. Son pocos clones para un individuo de 32 años, pero él está soltero y sólo tiene tres trabajos, así que no necesita demasiadas copias para gestionar su vida. Aunque si es sincero consigo mismo, Patroclo sabe que no aceptaría otro trabajo tan sólo por no tener que pasar de nuevo por el proceso de clonación. Por no tener que levantarse una vez más en aquella habitación azul y saludar a un nuevo yo cuya única diferencia es un número de serie tatuado en la nuca. Por no tener que verse a sí mismo una vez más tragando las exigencias de otro jefe obsesionado con la productividad, quizás la copia X de uno de sus jefes actuales. Así que Patroclo se conforma con lo que los demás llaman una vida clonar mediocre. Al menos sus clones tienen una vida digna mientras otros hacinan sus copias en una única habitación. Jeno, uno de sus jefes, tiene veinticinco clones, es verdad que tiene 55 años y once empresas, pero eso no justifica el trato que les da. Las once empresas se encuentran en un mismo edificio en cuyo sótano viven sus clones. Jeno argumenta que ellos son felices mientras él sea feliz, pero a Patroclo ésto no le convence. En su casa cada copia tiene un cuarto y llaves del piso. Ellos saben que hay ciertas normas a cumplir, como no establecer ninguna relación con mujeres, sería muy peligroso enterarte de que tu clon ha tenido un hijo tuyo por ahí, pero respetando las reglas tienen derecho a hacer con su tiempo libre lo que deseen. El problema es que sus copias parecen disfrutar con el trabajo y apenas salen . Cuando Patroclo se cruza consigo mismo en la empresa se sorprende al verse tan motivado, con tanta energía. ¿Sabrán sus clones que hace años que él odia trabajar? Lo peor es cuando se levanta a la mañana y comprueba que una de sus copias se ha pasado toda la noche terminando un proyecto. Debería sentirse agradecido, pero tanta obediencia le saca de sus casillas. Le revienta ver su propia sumisión multiplicada por siete. Patroclo desea dejarlo todo y marcharse, pero nadie en su grupo de amigos ha dejado jamás un trabajo, así que no se atreve a dejar las tres empresas y tomarse unas vacaciones. Tampoco sabe qué haría con sus clones. Podría irse él y dejarlos a ellos trabajando, pero eso no sería mandarlo todo a la mierda que es lo que realmente Patroclo desea. Dejarlo todo y empezar a vivir una vida auténtica.
Pasan los días, las semanas, los meses y Patroclo continúa con su aburrida rutina de productividad laboral. Un lunes su jefe se fija en sus ojeras y y le recomienda una nueva clonación. Patroclo lo mira hastiado y de su boca sale: "mañana tendrás mi dimisión sobre tu mesa". Por fin se ha decidido.
Echa la tarde redactando tres cartas de dimisión, una por cada empresa. Lo único que le queda ahora es esperar a sus clones y decidir qué hará con ellos.
Echa la tarde redactando tres cartas de dimisión, una por cada empresa. Lo único que le queda ahora es esperar a sus clones y decidir qué hará con ellos.
A las diez de la noche llega su último yo. Los reúne a todos en el salón y les informa de que ya no tienen trabajo. Los clones lo miran incrédulos.
-No puedes hacer eso, - dice uno de los clones. Patroclo lo mira desconcertado.
- ¿A qué te refieres?
- A tomar tus propias decisiones.
Patroclo lo observa detenidamente y se levanta para comprobar su número de serie en la nuca. Un sudor frío recorre su espalda al ver que el número ha desaparecido.
- ¿Qué ha pasado con tu número?
- Ya lo sabes Patroclo, el original no lleva número.
- ¿Qué ha pasado con tu número?
- Ya lo sabes Patroclo, el original no lleva número.
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