Escribir,
escribir,
escribir,
para sentir.
Para probarme.
Para verme.
Para mitigar la soledad.
El aislamiento.
Escribirle a Dios.
A mi Padre. A mi Madre.
A Aquel que me ve como soy.
Aquella que no engaña.
Más allá de todo...
el dolor que duele que ralla que grita... empujando las aguas de los charcos hacia los ríos... desnudando las fornituras encerradas en ataúdes... volcando mesas en comidas familiares llenas de secretos y silencios. Niñas que observan el dolor y lo absorben. Como si toda su culpa fuera el postre en aquella cena de Navidad. Un chivo expiatorio donde dejar el tenedor sucio trinchado. Las luces de la calle encendidas mientras que dentro ya están apagadas. Nadie habla nadie dice nada. Jesús ha nacido. Pero hay canciones que asustan y Nadie las abraza. ¿Cuantos son los muertos de los que nadie habla? ¿Cuantos sus nombres, sus caras, sus rostros... sus manitas... sus mentones? ¿Quien los mira? ¿O es que no son parte de esta familia? Moriré por ellos, piensa la niña... sin saber que su destino es vivir por ellos, en ellos, a través de ellos... en sus risas y sus gozos y sus sueños que nadie vio jamás... y ella quiere salvarlos a todos... porque aún no comprende su inocencia. No comprende su Valor. Su felicidad. Y ella rasga el aire con coraje y avanza entre paisajes obstinados. Se golpe contra ramas que arañan y cada arañazo le permite saber que no ceja, no ceja... su empeño no ceja... llegaré. Llegaré, se dice. Y corre hacia delante... pelo suelto, desmelenada o media trenza deshecha. Al viento al viento al viento. Los insectos escuchan sus pisadas y apenas se apartan... corriendo ella pasa... preguntando por Dios. Quiero ver a Dios quiero ver el sueño del que me habla mi alma. Mi alma ...
El sueño de un mundo mejor. .. mejor .. mejor ... mejor...








