sábado, 12 de octubre de 2013

MONJA DE CLAUSURA

Ana ha nacido en una familia de artistas. Su madre pinta y toca el obóe, su padre es escultor y su hermano pequeño dibuja cómics. Ella no se queda atrás, además de ser bailarina, escribe novelas policíacas. Ahora Ana tiene 32 años y está en el momento más estable de su carrera. Trabaja en la compañía nacional de danza y dirige muchos de los espectáculos, ya que baila menos que antes. En su tiempo libre escribe para desconectar y ha publicado ya dos novelas que han tenido un número de ventas bastante decente. Ana parece feliz, sin embargo últimamente la acucia un deseo. Un deseo que no cuenta a nadie. Ana sueña con ser monja de clausura. A veces susurra “monja de clausura” y siente como el vello se le eriza en los brazos. Sus padres son profundamente ateos. Por eso cuando Ana era pequeña envidiaba a sus compañeras que hacían la comunión. Pero no era por el traje o el convite, era por ese pequeño momento de intimidad con lo desconocido. Cuando su madre le mandaba algún recado, Ana solía ir al colmado más cercano a la parroquia de su barrio. Antes de comprar entraba un momento a escondidas en aquel templo donde sentía que el tiempo se paraba. Una vez el cura la encontró sentada en un banco y antes de que le preguntara nada, Ana salió corriendo. Cuando se hizo más mayor siguió yendo a escondidas. Sentada en un banco observaba a las personas que iban a rezar y había algo que la conmovía, otra vez esa intimidad con lo desconocido. Hace 12 años entró en la compañía de danza y no volvió a entrar en una Iglesia. Muchas veces bailando había sentido cierta sensación parecida, pero le era difícil mantenerla en el tiempo. Además no podía hacer nada para volver a sentirla. Era una sensación caprichosa, venía o iba cuando quería. Ahora ya apenas bailaba y aunque disfrutaba mucho digiriendo, esa sensación de conexión con algo no tangible no se daba. Por ello hacía meses que había vuelto a sorprenderse entrando en una sinagoga. Había sido construida hacía poco y aún olía a pintura. Sin embargo Ana pudo sentir esa sensación de recogimiento y espiritualidad nada más que entró. Por eso estuvo dos horas dentro. Al día siguiente volvió y estuvo otras todos horas. Y desde entonces cada día intentaba pasar el mayor tiempo dentro. Como vivía sola no tenía que darle explicaciones a nadie de lo que hacía con su tiempo. Hacía dos días Ana miraba la tele cuando vio un documental sobre monjas de clausura. Sintió algo fuerte tirando de su estómago. La idea de meterse a monja empezó a tomar forma en su cabeza. El corazón le latía fuerte al sentir que su vida podía estar tras de unos muros. Siempre recogida y en silencio, y por supuesto, con la intimidad con lo desconocido más que garantizada. Intuía que la calma y fascinación que sentía durante las dos horas que pasaba en la sinagoga podían extenderse a cada una de las horas del resto de su vida si se metía a monja de clausura. Por ello hoy tras salir de un ensayo se ha dirigido a un pequeño convento de monjas franciscanas que hay en el centro de su ciudad. Al hablar con la Madre Superiora de la orden el corazón le late rápido. La Madre le habla sobre aspirantar , postulantar, el noviciado y cada una de las etapas hasta llegar a ser profesa de votos solemnes, mientras recorren un claustro iluminado por la luz del atardecer. Ana se siente embriagada por la forma en que la luz baña aquellas paredes. El convento es hermosísimo. 
-Debido a su edad puede postular unos meses y si todo va bien pasar al noviciado. Si su experiencia como novicia es positiva tanto para usted como para la orden será admitida al juniorado donde emitirá los cuatro votos: castidad, pobreza, obediencia y Vida Cuaresmal. -le dice la Madre con cariño y sentido práctico.
-Yo quiero estar aquí, así que si a usted lo aprueba yo arreglo mi vida fuera y en unos días me planto aquí con una pequeña maleta- suelta Ana en una carcajada que contagia a la Madre.
-Arregle lo que necesite, no hay prisa, nosotras siempre estamos aquí.
Vaya esta monja si que mola, piensa Ana. A la mañana se levanta temprano y  entrega su dimisión en el trabajo. Nadie puede creer lo que va a hacer  y no dudan en sacarla de su error con un montón de argumentos, pero sobre todo : “pero si tú eres una artista”. Ana sonríe agradecida por los doce años que ha pasado junto a ellos, pero se siente eufórica y llena de vida con el giro que va a darle a su vida. A la tarde en su casa la frase es la misma pero oída en boca de su madre le produce cierto temor. Dejar el trabajo es una cosa, pero fallarle a su familia es otra bien distinta. Si Ana hubiese dejado de trabajar para viajar, o para montar algo por su cuenta, o para descansar un tiempo, no habría pasado nada. Pero lo de monja de clausura es absolutamente terrorífico para sus padres que tanto se han esforzado para alejarlos del dogma y acercarlos a la libertad.
  • Pero y los votos hija, ¿no me digas que aceptarás el de castidad?-le pregunta atónita su madre.
  • Mami he tenido nueve parejas en 12 años y el sexo sólo me ha dado dolores de cabeza. No te preocupes, puede salir de la orden cuando quiera, nadie me obliga quedarme si yo no quiero. Además mamá, papá, ésto no tiene nada que ver con vosotros...es sólo que creo que he tenido este sueño desde que era pequeña y debo cumplirlo. Mamá tú siempre dices que confiemos en nuestro corazón, pues eso es lo estoy haciendo, - Ana les mira con cariño pero con  firmeza.
  • ¿Desde cuando crees en Dios?- le pregunta su padre con pesar y vergüenza.
  • ¿Recuerdas la Biblia que apareció un día en casa y que no sabíamos de quién era? Era mía papá. Yo la leía a escondidas y me avergonzaba encontrar tanto consuelo en sus palabras. Pero ahora sé que no era consuelo, era intimidad. Sí papá. No sé si creo en Dios, sólo sé que me atrae terriblemente todo lo que tiene que ver con él. No me importa si existe o no, yo lo siento en el silencio de un templo sea de la religión que sea. Papis, lo habéis hecho muy bien, pero no puedo evitar entusiasmarme con  el Corán, el Talmud, hasta en El Libro del Mormón, que parece ciencia ficción, encontré ese no sé qué que me hace vibrar. He elegido esta orden porque una  opción directa y sencilla, pero igual me hubiera dado irme a un templo budista. Quiero vivir el silencio, quiero expandir la sensación de recogimiento que me da tanta alegría.   En fin no quiero que sufráis por mí, porque yo voy a estar feliz y satisfecha con mi vida. 

Ana se despide de sus padres con lágrimas de agradecimiento porque al final han entendido. Han entendido que es gracias a la maravillosa educación que le han dado, basada en la libertad, que ella ha podido escucharse a sí misma y acabar cumpliendo su sueño. Sabe que aún le queda mucho camino por delante y que habrá momentos duros e incluso de dudas. Pero hoy en el convento se ha dado cuenta de lo que realmente significa la intimidad con los desconocido: es la posibilidad de sentirte parte de todo lo que existe.  

lunes, 7 de octubre de 2013

RAYITOS Y ESTRELLAS

Irene sale a caminar cada noche bajo las estrellas. Muchos la tildan de loca, pero sólo ella ve los miles de rayos rojitos que suben al cielo y los miles de rayos azules que caen de él. Irene se ha preguntado siempre a qué responde tal fenómeno. Jamàs se lo ha preguntado a nadie ya que sabe que los otros  no ven los miles y miles de rayitos subiendo y bajando. Irene se tumba en el pasto del parque cercano a su casa y contempla ensimismada. Estrellas y más estrellas, grandes, pequeñas, lejanas...mágicas. Irene cierra un ojo y alarga el brazo para tocar una al azar. Su imaginación vuela y al instante está flotando por el firmamento, sintiéndose parte de la oscura noche. Su madre grita su nombre e Irene vuelve a la realidad, se pone de pie y corre hacia su casa. Mañana hay cole. A Irene le gusta el cole. Tiene dos amigas, Martina y Laura. A ellas también les gustan las estrellas. Martina le ha regalado un libro sobre constelaciones e Irene lo lee antes de dormir. Constelaciones, hasta la palabra le suena mágica. Su profe de sociales ya les ha dado temas de astronomía, pero Irene ha quedado muy desencantada. Aparte del día que les contó sobre Hipatía de Alejandría, el resto ha sido hablar de estrellas y planetas como si estuviesen muertos. Irene quiere saber qué hay en las estrellas. Ella no las ve como puntitos brillantes, sino como enormes palacios de cristal donde seguro que vive gente. Por supuesto que  de los rayos en las clases ni pío. Pero esto ya lo esperaba, como nadie los ve. Irene se queda dormida con su libro de constelaciones sobre el pecho, y al instante empieza a soñar. Irene camina sobre algo frío y mojado. De pronto todo se ilumina y lo ve, es un mar de sal. El blanco lo abarca todo, suelo y horizonte. Irene patina sobre el suelo de sal y se lanza al horizonte vacío de estrellas y de nubes. Pero a medida que se va acercando se va haciendo la noche y ahí los ve.Con la estrellas de fondo, miles de rayos azules  que suben del suelo al cielo y miles de rayos rojos que caen de él. Irene abre los brazos y deja que los rayos la atraviesen. 
  • Observa los rayos Irene y dime qué son - dice de pronto una voz de mujer.  Irene mira detrás de ella, pero no ve a nadie. Mira en todas direcciones buscando intrigada de donde viene esa voz, hasta que alza los ojos y repara en la Luna. La Luna la está mirando y le está sonriendo. Irene le sonríe también. Por fin algo mágico.
  • No sé lo que son, además nadie los ve - le contesta Irene.
  • Míralos mejor, unos bajan y otros suben- le responde la Luna.
  • Es que ya los miro, pero no lo sé de verdad.
  • ¿De dónde vienen los que caen y a dónde vuelven los que suben?-le insiste la Luna.
  • Ummm...al cielo, bueno espera...ah ya lo sé, van y vienen de las estrellas.
  • Muy bien. ¿Y de a dónde caen y de dónde suben?- pregunta la Luna.
  • De aquí, del suelo... de la Tierra. - De pronto la piel de Irene se eriza y ésta comprende.-  No, no puede ser, ¿o sí?- Irene decide preguntarlo directamente, - ¿yo también caí de una estrella?
  • Tú y cada uno de los seres vivos que habitan el planeta- le aclara la Luna.
  • Lo sabía, sabía que en las estrellas pasan cosas, que están vivas y habitadas.
  • Claro que sí, en el Universo todo está vivo, hasta yo misma que no tengo luz propia sino la que el Sol me refleja. Pero dime Irene, ¿y los rayitos azules?
  • Los rayitos azules se vuelven a casa. Son las personas que mueren, ¿no?
  • Así es, son todos los seres vivos que han cumplido su propósito.

    En ese momento la mamá de Irene la despierta para ir al cole. Irene casi le grita por quitarle semejante sueño, pero se contiene y se acurruca bajo el edredón. Una idea ha surgido en su cabeza, una idea mágica. Esta noche contemplará las estrellas sabiendo que su abuela Coca la contempla a ella desde allá arriba. 

domingo, 6 de octubre de 2013

CABAÑA

¿Cómo decirle que tiene que irse , si toda su vida son esas montañas nevadas? Sebastián... zurrón al hombro y mejillas coloradas. Coloradas de salud, de aire puro , de frío que corta la cara y despierta el alma. Su madre entra la leña en la cabaña mientras Sebastián aún duerme en su jergón tirado en el suelo. La cabaña es un solo espacio con una cocina y una chimenea. Allí duermen, cocinan y comen, allí comparten la lentitud de sus monótonas vidas. Mientras Carmina enciende el fuego y pone la cafetera va pensando las palabras de despedida. Le ha dado mil vueltas, pero no encuentra una palabra que no hiera, que no desgarre el aire de la cabañita una vez  dicha. Retarda la hora de levantar a Sebastián, quizás mañana ya no esté. Saborea su café, pero su saliva amarga apenas le deja tragarlo. Ha de ser así Carmina, se repite a sí misma una y otra vez. No seas egoísta, ¿qué futuro tiene aquí el muchacho? Ha de salir y ver mundo. No puedo condenarlo a esta nada de días vacíos. La garganta se le aprieta al imaginarse sola en la cabañita sin su Sebastián. Sin sus abrazos, sus ronquidos, sus ocurrencias de niño de montaña, su constante presencia protegiéndola. Su cuerpo de niño se ha hecho hombre y choca con los pocos objetos que hay en la cabaña. Una silla, una mesa, una lámpara de mimbre que cuelga de un techo demasiado bajo. Los pies se le salen del jergón como si fuera un ogro chapoteando en su charca. Cuando se vaya no lo oirá a lo lejos hablándole a las ovejas, ni sus pequeños logros del día contados pausadamente cada noche a la luz de la candela. Carmina suspira, pero cuando piensa en el día que ella muera y en  la soledad de Sebastián allá arriba, como un ermitaño a la fuerza, todo contemplación y ovejas hambrientas, sabe que ha de obligarlo a marcharse, a que  construya su hogar. Sebastián gruñe y se despereza. Abre los ojos con la sonrisa que anticipa un buen cafelito caliente. Cuando ya está sentado junto a ella, Carmina le pone una mano en la mejilla. Hijo mío, hoy llevarás más cerca a esas ovejas y comerás aquí conmigo. Luego cogerás tus cosas, harás tu petate, y te marcharás. Sebastián intenta rechistar, pero está tan acostumbrado a obedecer que no le salen las palabras. Ceñudo se levanta, coge su zurrón y sale de la cabañita con paso pesado. Como cada mañana empieza el pastoreo, pero hoy muerde  inquieto  su palillo mientras las  ovejas pacen. Ni siquiera le grita a una que extravía. Se acerca a ella pensativo y la devuelve al redil. Al acabar la mañana vuelve con ellas a paso tranquilo y entra en la cabaña. Suelta con cuidado el zurrón y se acerca tierno a su madre. La mira despacito y  la abraza. Carmina aguanta el abrazo prieta, pero al sentir la mejilla de su hijo en su frente se derrumba y comienza a temblar. Sebastián mira sus lágrimas y el alivio le recorre el espinazo al comprender que  ella no quiere que se marche, sólo siente que es su deber dejarlo marchar. Ma, no llores Ma. No me voy Ma, me quedo aquí contigo. No puedo condenarte a esto Sebastián, replica su madre entre sollozos. Has de marcharte hijo, es ley de vida. No quiero morirme y dejarte aquí solo y aislado de la vida. Sebastián ríe y aparta a su madre para mirarla de frente, directamente a esos ojos enmarcados de arruguitas inquietas. Ay Ma, si es por eso, cuando tú te mueras no me quedaré solo.  Me quedo con las montañas y las ovejas. Quédate tranquila Ma, no me voy ninguna parte. Yo soy esta tierra, estos montes,  si me voy me quedo sin piernas. Carmina mira a su hijo conmovida y tarda un rato en comprender. Mira los ojos negros y profundos de Sebastián y ve en ellos las montañas nevadas, los bosques de pinos, los rayos del sol sobre el río helado. Luego cierra un instante los suyos y decide confiar en el muchacho. Se abraza sonriendo   a su hijo y agradece al cielo cada día de su pequeñas existencias.